Parece mentira que unos animales tan pequeños puedan ofrecer al paladar un sabor tan maravilloso.
He de reconocer que yo no había probado la famosas tortitas de camarones hasta hace bien poco y jamás pensé que me gustarían tanto; quizás porque mi primera experiencia fue deglutir unas tortitas que, gentilmente, me ofrecieron unos amigos en Madrid y que eran congeladas.
Yo soy de las que creo que "a falta de pan buenas son tortas", pero en este caso el refrán no tiene nada que ver.
Porque digo yo que no es lo mismo ver los camarones vivos y saltando (como en la primera foto) y comérselos a la media hora (como en la segunda) que comerlos después de haber sido manufacturados vete tu a saber cuando y llevados de congelador en congelador hasta llegar a tu boca.
En fin una pequeña delicia gastronómica digna del mas exquisito de los paladares. Y si no me creéis, haced la prueba.
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